Deshojando margaritas con Donayre


Donayre

Donayre

-¡¿Por qué estas tan panzón?! –me dice con sonrisa cachacienta y ojos extraviados blindados por unos lentecitos livianos. Su voz marcial se entremezcla con ese tonillo de imitador de radio y televisión que la gente espera ver y oír con mayor atención desde que salió a la palestra.

Me auto escaneo con interés disimulada y la verdad el general no deja de tener razón. La panza ha estado abultándome últimamente por descuido de los dos platos al hilo de arroz chaufa, montado con huevo frito y para pasarla una Inca Kola personal bien helada que estuve ingiriendo pasada la media noche, luego de mi turno en la radio que terminaba a las 10 p.m.

Creo que más por angustia que por hambre ingería tal cantidad de comida.
Él de contextura ligera. Se mantiene en forma para su edad. Ya habíamos sido testigos en algunas oportunidades verlo trotar por las afueras del Cuartel General del Ejército.

Su corbata y saco están lisos a su humanidad. Sino fuera por su pelada que lo avejenta sería Superman.

-La panza esta chica. Es el efecto de la camisa –respondo tratando de torear al ex Comandante General del Ejército, Edwin Donayre Gotch.

Mi excusa es insuficiente. Se ríe. Se burla. Busca la sonrisa de los que lo rodean. Lo logra, los demás celebran su ocurrencia.

Pero creo que se ríen más por sus gestos y su sonrisa de loco.
Lo noto efusivo, sudaba a cantaros. Estaba inquieto, como un niño travieso maquinando su próxima travesura. Miraba a todos y por todos lados. No sabía por donde ir. Se dejaba conducir por los jaloneos de las damas tacneñas adornadas de joyas y de peinados escarbados. Y en otros iba en dirección a las interrogantes de los periodistas que nos encontrábamos en el club departamental Tacna.

Sólo se limita a responder saludos y besos de los asistentes –como actor de telenovelas- que le piden inmolarse con él, perdón que le piden inmortalizarse con él en las cámaras fotográficas. Acababa de dar un discurso marcial como los que brindó durante los últimos días como jefe del Ejército en su tour de despedida.
Cuando de pronto arremete como toro en celo.

-Vamos al cuartel –me toma del pasador de pantalón- Y te cambio, un pantalón de soldado por ese pantalón feo que tienes. –rompe en risotada, queriendo hacerse el gracioso con sus anfitriones. Miro su rostro y me hace acordar a Carlos Álvarez cuando lo imita.

Y el general sigue teniendo razón.

Llevaba un pantalón ajado, de una tela que fácil se arruga. Y algo sucio luego de recorrer toda Lima cubriendo las comisiones de la radio.

El general seguía en su laberinto, pues todos coreaban su nombre, que a más de uno aturdía escuchar esa bullanga.

El club departamental Tacna había invitado al Gral. (r) Edwin Donayre en reciprocidad cuando éste invitó a los socios del club a participar de dos aniversarios consecutivos de la reincorporación de Tacna al seno patrio en las mismas instalaciones del “Pentagonito”. El militar en situación de retiro no pudo decir que no, habría sido todo un desagravio si dejaba plantado a sus anfitriones, pero él estaba seguro que la prensa lo seguiría y nosotros sabíamos que el general llegaría a la cita.

Antes Donayre Gotch con la fuerza de los tanques T-52 (fuerza del siglo pasado) había bombardeado con palabras a la clase política y de manera teledirigida a sus detractores con el objetivo de suavizar el terreno.

“He dado un ejemplo de un sentimiento patriótico de cómo se ama al Perú. Di una lección de civismo a muchos de nuestros políticos y a muchas de nuestras autoridades.”

Tranquilo general nadie le ha declarado la guerra todavía. Pero el general tenía municiones de sobra. Estaba molesto y quería seguir hablando sobre sus pasadas expresiones sobre los chilenos registrado en un video y difundido en el Youtube.

“Aquellos que salen a dar un discurso seguramente no los veremos en primera fila cuando el país demande sacrificio a cada uno de nosotros.”
Se toma una pausa. Respira.
“No hay lugar a arrepentimientos. Uno habla porque me dicta mi conciencia. Porque soy consecuente con mis pensamientos y no se acongoja el alma para retractarse de lo que uno ha dicho, porque ha hablado la mente, el alma, el espíritu y el corazón de todos los peruanos.”
Desde el fondo del auditorio una mujer emocionada aplaude y el resto la sigue en su manifestación. La gente murmura en grado de aceptación cuando alguien cerca a mí dice: ese es el político que necesitamos.
Da la impresión que el general necesita el apoyo de la Fuerza Aérea para hacer un reconocimiento del campo de batalla para evitar bajas innecesarias.

“Que importante y que trascendente es tratar de interpretar el sentir del pueblo peruano. El sentir de sus aspiraciones, el sentir de sus preocupaciones. Estamos en un estado de democracia. Sí, donde el pueblo delega a sus autoridades la importancia de sus decisiones, pero sino se esta conectado, verdaderamente las decisiones al más alto nivel serán las decisiones que el pueblo verdaderamente quiere.”
Vamos general declare la guerra ya. Diga si postula a la presidencia de la república o quiere estar en el Congreso. Dispare de una vez. Y el militar no se anima, no se atreve, se atrinchera. Lo piensa.
Marina de Guerra por el amor de Dios ayuden a un soldado que comienza a navegar en sus interrogantes. En sus dudas:

“¿Y por qué tanta hipocresía? ¿Por qué tanto cinismo? ¿Por qué tanto escándalo? ¿Por qué tanto ruido? ¿Por qué tanta olla de grillos? ¿Por qué tantas actividades fariseicas? o ¿Por qué tanto gritos al cielo?”

El general se siente solo, se siente traicionado. Pero no se rinde, quiere pelear hasta quemar el último cartucho y echa mano a la reserva nacional.
“Acaso cualquier peruano, cualquiera que se precie de ser un buen peruano, con o sin uniforme no solo porque lo obliga la constitución de defender la soberanía nacional, sino por convicción y obligación ética y moral, porque nace del corazón que tengamos que defender nuestra soberanía venga de donde venga. El legítimo derecho a defendernos y defender al Perú de cualquier agresión cuando este se vea amenazado, invadido, violado en su integridad y soberanía.”

Maldita sea general, que rayos le pasa, estamos esperando que declare la guerra –digo para mis adentros. Un general no se rinde carajo. De una vez por todas diga ¿Quiere ser Presidente del Perú? ¿Ingresará a la política? ¿Ya consiguió agrupación que lo cobije? Cántelo de una vez por los cojones de mi abuelo. O quiere ser Presidente del Club Departamental Tacna.
Su mirada inspira jocosidad. Y de inmediato.

–¿Cuántos pétalos tiene una margarita?

–Imagino que varias –respondo…

–Tiene mil –interrumpe de inmediato. Mil pétalos tiene y voy por el 35. Sigo deshojando margaritas.

-¿Ya decidió postular a un cargo público?

–¿Qué cosa he dicho? Estoy esperando las señales de Dios y del pueblo. Y de terminar de desojar margaritas.
No pues general Donayre así no juega Perú. Y todos esos torpedos. Esa sarta de misiles ¿dónde queda? Se me cayó general. Ya no joda. No se chupe. Responda como soldado, pues como soldado estoy yo aquí en este lugar que quema peor que el infierno, todo por la cantidad de gente y la poca ventilación. General estoy escaldado llevo cuatro horas esperando su respuesta. Claro no se lo digo, solo lo pienso. Estaba a punto de gritárselo.
–Le interesa la presidencia por lo menos de la Región Ayacucho –insisto.
Los colegas se juntan y en mancha arremeten. Ya lo teníamos contra las cuerdas con tantas preguntas buscando su respuesta final.
–Tú crees en Dios. ¿Eres católico? –le pregunta a un colega mirándolo fijamente a los ojos.

–Sí –responde con cierta duda como intuyendo alguna jugada preparada por el general.
–Crees en él, que bueno. Entonces pregúntale a él, si me interesa la política.
Y su risita cachacienta vuelve aparecer, su boca se ensancha y moviendo la cabeza deja salir ese sonido jee, jaaaa, jeee.

Hasta la vista general.

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